3 de julio de 2009

Dos canciones

No me importa mi amor; me importa el tuyo.
Panes de ayer, alfombras desteñidas,
un ajedrez al que le faltan peones
y miércoles que hubieran sido viernes
erosionan el mío,
que no respira por su cuenta
ni sabe deletrear sus pobres apellidos.

El tuyo, en cambio, apacigua los motores,
ordena la sombra en el verano,
convence a las moscas de alejarse
y añade ventanas a los muros.

Esquiva el pez la red
contigo, y junio las tormentas,
y se alargan las noches de silencio
y huele a caravanas
de romero y azufre, de algodón y petróleo,
y a sudor de animales no advertidos
cruzando una ciudad como la nuestra:
dispareja, tenaz en la fealdad,
hierba y cemento como dos canciones
cantadas al unísono.

No me importa mi amor, que apenas es la red
y apenas la tormenta —grandes voces
temibles, aunque inofensivas—;
me importa el peón faltante,
y es que al mirar su ausencia en el tablero
cabe ignorar al rey, las torres
y el resto de las piezas.



(Acabo de publicar este poema en el número 158 de Tierra Adentro, correspondiente a los meses de julio y agosto de 2009.)

27 de junio de 2009

Raúl Bañuelos y el premio Juan de Mairena

Este año, el Verano de la Poesía en Guadalajara se ha vuelto a organizar como un festival de libre acceso, flexible y participativo, abierto a la comunidad en general. Promovido y coordinado por actores universitarios, el Verano de la Poesía en Guadalajara no es un escaparate académico ni una reunión de poetas más o menos famosos: es un espacio de lectura y escucha, de gozo y esfuerzo, de aprendizaje y cercanía, de iniciación y complicidad.

En el Verano de la Poesía en Guadalajara tienen lugar mesas de lectura y diálogo, presentaciones de libros y talleres para niños y adultos. Importantes poetas radicados en Jalisco hacen las veces de anfitriones ante invitados de otras partes del país, quienes a su vez ofrecen lecturas de sus propios poemas.

Las jornadas del festival culminan esta noche con la entrega del premio Juan de Mairena. Es el poeta Raúl Bañuelos quien hoy recibirá este reconocimiento simbólico, sin dotación económica, materializado en una obra del pintor Carlos Maldonado.
A propósito de Juan de Mairena, el profundo y simpático personaje y alter ego de Antonio Machado, es oportuno recordar hoy un par de fragmentos de su libro. Al comenzar el capítulo XLIX, dice de Mairena un periodista tan apócrifo como él:

El señor de Mairena lleva siempre su reloj con veinticuatro horas justas de retraso. De este modo ha resuelto el difícil problema de vivir en el pasado y poder acudir con puntualidad, cuando le conviene, a toda cita. Sin embargo, como es un hombre un tanto desmemoriado, cuando oye sonar las doce en el silencio de la noche, consulta su reloj y exclama: ¡Qué casualidad! También las doce. Pero después añade sonriente: Claro es que las mías son las de ayer.


Se trata, por supuesto, del mismo Juan de Mairena que habría definido la poesía como “palabra en el tiempo” y “diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo”. Y es útil recordar que Mairena, profesor de gimnasia y retórica, no habla de la poesía en términos abstractos: para él escritura y enseñanza, creación y educación van de la mano, y “el deber de un maestro de Poética consiste en enseñar a sus alumnos a reforzar la temporalidad de su verso”.

Todo esto, si puedo introducir una breve nota personal en esta ceremonia, yo tengo la sensación de oírlo siempre con la voz de Raúl Bañuelos. Lector entusiasta de Machado y partidario activo de sus ideas estéticas, Bañuelos entiende que la poesía es no sólo una frecuencia emocional de particular intensidad, una mirada y una fe, sino ante todo la conjunción del tacto y el oído en la constancia más arcaica de la naturaleza: la constancia del ritmo.

El ritmo nos precede y nos rebasa. No sólo está en el mundo desde antes que cualquiera de nosotros: también es anterior al mundo, y está en el origen de su existir. Aquí seguirá estando, en el punto en que ahora tomamos la palabra, cuando hayamos vuelto a ser polvo, e incluso cuando la tierra misma lo sea. Si somos afortunados, un día ese ritmo animará nuestras gargantas y las hará proferir sonidos que lo significan todo:

Hay palabras que dicen
más de lo que tú podrías decir
con ellas…


Las “veinticuatro horas justas de retraso” del reloj de Mairena constituyen un día de anacronismo con respecto a las novedades periodísticas y noticiosas, pero también un día de ventaja con respecto a la historia. El poema se hace “temporal” cuando no sólo se proyecta en dirección del porvenir, sino hacia el fondo de la memoria y la experiencia:

He limpiado de limo la pila de agua
cuando empezaba a ser más limo
que agua en la pila.


Poeta y maestro de poesía, en el sentido más práctico y afectuoso de la palabra maestro y en el sentido más noble de la palabra poeta, o al revés, Raúl Bañuelos puede recibir a solas y con toda serenidad el premio Juan de Mairena. Una multitud está con él: es la familia enorme de sus propios maestros, amigos y discípulos.

La poesía no es una fiesta, por más que valga la pena celebrarla. Tampoco es una guerra, por más que valga la pena luchar en su nombre.



(Anoche recibió Raúl Bañuelos, en el Paraninfo Enrique Díaz de León de la Universidad de Guadalajara, el premio Juan de Mairena. Hicieron la semblanza del poeta y se refirieron al contexto de la entrega del premio Guadalupe Morfín, poeta, y Lourdes González, jefa de la Coordinación de Artes Escénicas y Literatura de Cultura U. de G. Yo leí estas palabras. Con la ceremonia terminó el segundo Verano de la Poesía en Guadalajara.)

20 de junio de 2009

Mensaje al editor de Laberinto

Guadalajara, 15 de junio de 2009

Señor editor:

Me dirijo a usted para referirme al artículo publicado en Laberinto el pasado 13 de junio bajo el título de “La poesía, ¿especie en extinción?” El autor, Evodio Escalante, se refiere a mí en términos difamatorios, y me parece justo exponer el ridículo mecanismo de sus razonamientos ―por llamarles de alguna forma― y exigir de Milenio y del suplemento Laberinto ya no se diga una disculpa, sino una verdadera exculpación, en la medida que las ambiguas y desenfocadas afirmaciones del citado escritor están siendo difundidas con lujo de imprecisión y agresividad por el medio que, para el caso, usted representa. Todo ello, por lo demás, ha estado sucediendo en el marco de una polémica desencadenada en Laberinto por el propio Escalante a propósito del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2009 y del poemario ganador (Tríptico del desierto, de Javier Sicilia).

Juzgo importante señalarle que, lejos de reducirse a un artículo, dos réplicas y dos contrarréplicas, la polémica en cuestión se ha traducido en crónicas y artículos de signo muy variado, comentarios en blogs y cuantiosos mensajes de correo electrónico. Es de suponerse que las últimas declaraciones del promotor y principal animador de la controversia también recorrerán el mundo, ya que, así como la poesía bien pudiera estar “en crisis” o incluso “en extinción”, así también el chisme y el infundio gozan de cabal salud. Si, cuando Escalante asegura estar aproximándose al “verdadero trasfondo del asunto, del que hasta el momento apenas si h[a] podido ocupar[s]e”, alude a que la poesía es ese trasfondo verdadero, hay que aplaudir su honestidad: apenas ha tocado ese tema, y no precisamente con solvencia.

El pasado 24 de mayo, en un mensaje de correo electrónico dirigido a Julián Herbert y enviado con profusión de copias a destinatarios del medio, como se suele decir, Escalante creyó necesario aclarar el siguiente punto: “En mi artículo sobre Sicilia hablé de técnicas de apropiación y no propiamente de plagio... aunque casi todo mundo, empezando por el propio Sicilia, han entendido literalmente plagio”. Después, en su contrarréplica del 30 de mayo, fue más enfático: “hablé en términos que quisieron ser técnicos de la apropiación como un recurso poético […], pero jamás cometí la torpeza de emplear la palabra que tanto te satisface: plagio”. Lo cierto es que sí la empleó, pero ya sería redundante recordárselo. El matiz que me interesa destacar es otro. En su mensaje a Jorge Mendoza Romero del 27 de mayo, Escalante le reveló al cosmos que su verdadera identidad no es la del mero profesor y crítico literario, sino la de un paladín de las buenas costumbres: “Lamento informarle que yo me muevo en otro estrato del pensamiento, de modo tal que todavía mejor que de paráfrasis y de sobados juegos intertextuales de lo que habría que hablar simple y llanamente es de inmoralidad”. ¿Cómo se llama esa “inmoralidad”, entonces, ya que no se llama plagio?

En su primer artículo, el que apareció el 16 de mayo pasado, Escalante informa que “un tribunal poético formado por escritores todos ellos muy respetables” premió el poemario de Sicilia. Cuatro semanas le han bastado al crítico para cambiar de opinión: llegado el 13 de junio, ese “tribunal poético” está, para él, a una “distancia […] sospechosamente corta” de la “complicidad”. En sus propias palabras, Escalante no se atreve “a levantar el dedo acusador”, pero habla en todo caso de “impunidad”, y de “algo [que] se cocinó de manera que parecería inadecuada”, y de un acta que “chorrea pus”, entre otras aparentes deshonestidades no menos vagas e indefinidas que las frases del documento notarial que tanto lo escandaliza.

“Nunca pretendí un ataque ad hominem”, declara Escalante. Lo mismo, con otras palabras, le aseguró a Julián Herbert en su mensaje del 4 de junio: “jamás he escrito una línea en mis textos críticos que esté encaminada a desdorar a una persona”. Sin embargo, en otro mensaje a Julián Herbert, éste del 24 de mayo, apuntó: “Con cinco o seis libros de poemas publicados, Sicilia no ha salido de párvulos”. ¿Qué se debe pensar? ¿Que la última declaración, al ya no formar parte de un texto crítico, no debe ser tomada en serio? ¿Que confinar al parvulario a tal o cual poeta no es desdorarlo ni atacarlo en su persona?

En el artículo referido, tras anunciar que da “por terminada” la polémica, Escalante se resiste a concluir de veras y, lejos de cerrar la “discusión”, la renueva con dos clases de consideraciones: unas, las primeras, en torno a la nociones de autor, texto e intertexto; otras, las postreras, en torno al Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, a su “falta generalizada de confianza y credibilidad” y al hecho, para él indigno hasta de la más elemental demostración, del amiguismo y compadrazgo que, según él, ejercimos Francisco Hernández, María Baranda y el que firma esta carta en beneficio de Sicilia, nuestro supuesto amigo común. “Resulta ya sintomático”, aventura Escalante, “que Francisco Hernández, María Baranda y Luis de Aguinaga, quienes premiaron a Sicilia, no sólo sean amigos entre sí, sino que todos a su vez sean… ¡amigos del ganador!” Amistad pública y sabida, por lo que se puede pensar, que ya constaba en la primera contrarréplica del mismo autor, publicada el 30 de mayo: “Quien califica sin más de imbéciles a los miembros del jurado, que para mayor agravio son tus amigos, eres tú mismo [Sicilia], y no yo [Escalante]”.

En el mismo párrafo en que asevera que Sicilia, Hernández, Baranda y de Aguinaga compartimos una especie de amistad culposa, Escalante confiesa que siente “una admiración irrestricta por Francisco Hernández” (elocuente detalle moral: su admiración por un poeta como Hernández tiene que confesarla) y certifica que conoce “muy mal a María Baranda y todavía menos a Luis de Aguinaga”. El 30 de mayo Escalante se había dirigido a Sicilia echando mano de una ironía premonitoria: “Con pena te informo que no tengo amigos en el CISEN”. Yo lo pongo en duda: ¿cómo, si no es recurriendo al espionaje, puede saber Escalante quiénes tienen la mala fortuna o pésimo gusto de ser mis amigos, cuando él mismo admite que sencillamente no sabe nada de mí?

He visto a Javier Sicilia dos veces en mi vida. La primera fue hace trece años, durante un homenaje a Elsa Cross en la Casa del Poeta; la segunda fue hace cuatro meses, el día que se hizo pública la noticia del Premio Aguascalientes. En cuanto a Hernández y Baranda, puedo resumir así mi relación con ellos: no tengo sus números telefónicos ni suelo dirigirles mensajes de correo electrónico; no conozco a sus familias ni he visitado nunca sus domicilios; no me cito con ellos cuando voy a México ni sé cuándo sean sus cumpleaños; no les he dedicado poemas ni solicitado que presenten o reseñen mis libros, ni ellos a mí. Eso sí, me siento en buena compañía cuando estoy con ellos ―con cualquiera de los tres o con los tres al mismo tiempo, como sucedió en febrero pasado, en la conferencia de prensa del palacio de Bellas Artes― y me haría muy feliz poder frecuentarlos con más asiduidad. ¿Se refiere a esto Escalante cuando, después de aventurar con extraña desenvoltura que yo soy amigo de Javier, Francisco y María, probablemente sea también su cómplice? ¿No querrá decir más bien ―porque, a estas alturas de la “discusión”, está claro que a Escalante no sólo hay que interpretarlo, sino traducirlo al castellano― que María Baranda, Francisco Hernández, Javier Sicilia y Luis Vicente de Aguinaga no somos enemigos? Además, ¿de qué “complicidad” habla este crítico? ¿He cometido yo algún delito, a solas o en compañía de Baranda, Sicilia y Hernández? Una cosa es verdad: yo siento más afecto por Javier Sicilia desde que comenzó todo este alboroto, y esto no me parece que haga falta explicarlo ni justificarlo ante nadie.

En mi caso particular, mi lectura del poemario de Sicilia está plasmada en el artículo que, bajo el título de “Pronto llegará la noche”, publiqué a principios de mayo en el número 132 de la revista Crítica. No estoy haciéndome propaganda ni pidiéndole a nadie que lea mi texto; aspiro nada más a que no se ignore su existencia, ya que desde luego es un artículo vinculado con este asunto y es anterior a la primera intervención del señor Escalante. Las actas de los jurados, trátese del concurso que se trate, no son ―para mí― piezas de crítica literaria; ciertos artículos, en cambio, sí pueden llegar a serlo. Eso sí, es indispensable no desvariar, no cambiar de tema sólo para obligar al interlocutor a desechar sus dudas y objeciones, no tratar de ocultar lo inocultable y, sobre todo, no “confundir la crítica con las malas tripas”, que dijera Juan de Mairena. Por estas razones, yo no hablaría de crítica literaria bien hecha en el caso del artículo publicado por Evodio Escalante hace poco menos de un mes, ya no se diga de los dos restantes. En cambio, Tríptico del desierto me sigue pareciendo un libro excelente, legítimo ganador de un concurso al que se presentó sin trampas de ningún tipo.

Sin más que añadir,

Luis Vicente de Aguinaga.



(Hoy se publicó en Laberinto esta carta que le dirigí a su editor, José Luis Martínez S. La semana pasada Evodio Escalante había publicado ahí mismo este artículo, al cual hago referencia en mi mensaje.)

16 de junio de 2009

Anulación por nulidad

Dicen que lo mejor es ver las cosas desde lejos, con alguna distancia, poniendo tierra de por medio. Si esto es verdad, no deja de ser elocuente que la propaganda electoral de los coches tapatíos haya estorbado prioritariamente los vidrios traseros. Tal vez anticipándose a lo que sucedería después de todo con las propias elecciones, las etiquetas y calcomanías de Arana, Emilio, Zamora, Tarcisio y demás candidatos adquirían su verdadera dimensión alejándose de quien las viera desde un punto dado. No es que se fueran quedando atrás, puesto que los coches por lo regular avanzan: es que por esta ocasión, en la temporada primavera-verano del año 2003, los modelitos caminaban rumbo al pasado, ansiosos de llegar a ese punto en que “Arana”, “Emilio” y otras abominables marcas de reparto presupuestal se volverían (y vaya que se volvieron) emblemas de un tiempo ido. Extrañas ironías de la vida quieren hoy que tales etiquetas parezcan menos pertinentes o duraderas, en tanto mensajes, que las herejías discursivas y modificaciones humorísticas a las que dieron lugar.

¿Cuánto se ha dicho, por escrito y en conversaciones informales, a propósito de quienes trastocaron sus calcomanías y pusieron

urge lana


en donde se debía leer Jorge Arana, nada menos que

i lo miE


donde habría un Emilio, una

rosa


inofensiva con letras de Tarcisio y

para Zapopan, amor


en vez de para Zapopan, Zamora? Muchísimo, sin duda, y esto al grado que ya no parece divertido abundar en el asunto. Yo insisto, sin embargo, en que la sublevación chistosa de las calcomanías distorsionadas tiene mayor vigencia el día de hoy que la ortodoxia perecedera de las etiquetas originales. Quién sabe a qué micciones aluda el que puso i lo miE con el higiénico Emilio del principio; nadie ignora, por el contrario, que “lana” urgirá siempre, y amor ya ni se diga. Leyéndolo bien (es decir: leyéndolo con la sonrisa que provoca y la gracia que supo conquistar) el meón transemiliano es más rotundo y creíble que su ordenado antecesor. Como el atento ciudadano que pretendo ser, yo incluso me atrevo a sugerirle a Emilio —quien por lo visto ganó las elecciones— que multe a los automovilistas que no hayan arrancado aún sus calcomanías electorales con tantas cargas de salario mínimo como días hayan transcurrido a partir del 6 de julio. Y que perdone y hasta premie a quienes hayan trastornado la etiqueta primaria. El buen humor y la tan cacareada creatividad tienen que valer como atenuantes a la hora de juzgar el delito de contaminación visual.

Según he podido leer, el 6 de julio en Jalisco más de 50,000 electores anularon sus boletas. Esto quiere decir que cinco partidos juntos, de la grotesca Sociedad Nacionalista (que algo debe tener de Nacional Socialista, por lo menos nominalmente) al imperceptible Partido Liberal Mexicano y la todavía menos fuerte Fuerza Ciudadana, pasando por el PAS y México Posible, no pudieron igualar ese total de votos nulos. Ni siquiera un provechoso donativo de 1,500 votos —los que recibieron los candidatos no registrados— bastaría si quisiera emparejarse la suma de tales partidos minoritarios con la de las boletas anuladas. Ocurre algo semejante con los partidos mayoritarios, que juntos no logran empatar con abstenciones e indiferencias comunes y corrientes. La estrategia de actores políticos y medios informativos por igual es de sobra conocida: el voto nulo, dicen, es cuando mucho un síntoma de analfabetismo. Que rima con abstencionismo, según alegan tales afectados: dejar el voto para después, y luego ya veremos, no puede ser considerado un gesto de rechazo ideológico sino... ¡de pereza, irresponsabilidad o extravío! (El rostro de los promotores del voto se pone aquí pálido y tristón, como a punto del cívico berrinche.) Incapaz de razonar acerca de semejante cifra, el despechado Jorge Arana denunció como “irregularidad” que unas 15,000 boletas —en lugar de las 8,000 de hace tres años— hayan sido inutilizadas por los votantes de Guadalajara. Pensar en el significado político de los votos nulos, que deben sumarse además al porcentaje de abstencionismo del municipio, el estado y la república entera, es al parecer un ejercicio intelectual demasiado laborioso para los candidatos.

Al paso que va todo, muy pronto los partidos políticos (con sus afiliados y votantes) formarán la principal minoría estadística del país y alguien tendrá que legislar acerca de sus derechos. No faltará un alma caritativa que les reserve asientos en los autobuses, les tramite rebajas en las farmacias o les dé paso libre a parques y jardines de paga. Los que anulamos nuestras boletas electorales, llegado ese tiempo, tendremos que organizar campañas, charlas radiofónicas y cursillos para explicarles por qué invalidar el voto es un derecho y un deber, una obligación educada y civilizadora. Los niños aprenderán desde la escuela maternal a trazar dos líneas diagonales y paralelas en boletas premonitorias, y jugarán a no ser el presidente, y apodarán con hiriente precisión a los ingenuos que lleven su mochila del PAN, su lonchera del PRD o su lonche del PRI al salón de clases.

Yo debo confesar que la solemnidad, el mal humor y cierta vocación de inofensivo pirómano verbal me derrotaron el pasado 6 de julio ante mi juego de boletas. Además de anularlas, desde luego, anoté al calce algunas consignas tremebundas. “El voto no debe someterse a las órdenes de quienes atentan contra la convivencia democrática”, escribí primero, y luego: “No hay por qué legitimar con el voto a los enemigos de la democracia”. Doy por hecho que los funcionarios de la casilla se rieron de mí, de mis votos nulos, con perfecta legitimidad. Hubiera sido preferible —me repito aún, castigándome— despertar otra especie de risa: la que inspiraron esos automovilistas de anagrama y tijeras que, puestos a divulgar un mensaje con el arma de las etiquetas rodantes, hicieron chistes más o menos ingeniosos y, muy congruentemente, los hicieron a costillas de quienes jugaron a la seriedad máxima con todo este asunto.



(Este artículo apareció en Mural pronto hará seis años. Me parece que, leído con la perspectiva del día de hoy, con las próximas elecciones ya muy a la vista, sigue conservando algún interés. Cuando lo escribí acababan de pasar las elecciones del 6 de julio de 2003. De los entonces candidatos a las presidencias municipales de Guadalajara y Zapopan, por no referir sino a ellos, pueden afirmarse y se han afirmado cientos de cosas. Y en muchos vehículos que aún circulan por la ciudad siguen leyéndose los anagramas que, unos más chuscos que otros, los automovilistas decidieron formar con los nombres y las consignas de quienes, hasta la fecha, se han resistido a observar de frente la evidencia de sus respectivas nulidades. Con todo y el décalage de seis años, quiero dedicar a mi amigo Juan José Doñán, enemigo del voto nulo, estos párrafos de quien ya cumple una década y media tachando, maltratando y anulando sus boletas electorales.)

9 de junio de 2009

Conversación con Víctor Cabrera en el Periódico de Poesía: segunda parte

CABRERA Acabas de mencionar un punto que me interesa y que tiene que ver con las polémicas. Es común encontrarte, en diversos blogs y foros de discusión en línea, no sólo comentando textos de otros poetas sino, muchas veces, señalando inconsistencias, contradicciones, corrigiéndoles la plana. Y es también común que, para replicar, en dichos espacios se recurra al denuesto, a la mofa y la agresión o de plano al silencio lapidario antes que a los argumentos. Visto lo cual, ¿qué tan necesarios y eficaces te resultan estos medios para emprender una reflexión, una discusión y un debate serio sobre asuntos poéticos?

DE AGUINAGA Aclaro: no incurro nunca en ese tipo de intervenciones cuando se trata de poemas. Yo suelo intervenir, siempre que me interese, ante cierta especie de artículos y textos que aspiran a ser críticos y que me parecen deficientes o abusivos. Y siempre intento moderarme y ser mínimamente correcto, no renunciando al sentido del humor, desde luego, pero sí evitando el argumento ad hominem y buscando ser propositivo. Me parece que algunos críticos, administradores de blogs y reseñistas del medio abusan de la intriga y el mero bateo de foul. Y una cosa es criticar y otra muy distinta es decir que no a todo, ¿verdad? En cuanto a la intriga, es obvio que no debe tolerarse; pero no según los principios o intereses de un gremio, porque sencillamente creo que los poetas de México no formamos ninguno, sino en razón de convicciones personales. Yo aspiro nada más a conversar sobre poesía —no sobre las aventuras o miserias de los poetas— y me sorprende que muchísimos poetas no sientan esa misma necesidad. Por otro lado, siento que, así como un poema se puede cargar de insinuaciones y de sugerencias, un artículo de crítica de poesía debe ser explícito y estar libre de arbitrariedades. Lo común, sin embargo, es que todo el tiempo estén usando la palabra individuos que hablan de tal o cual fenómeno poético en el mismo tono, con el mismo entusiasmo acrítico y la misma ceguera de quienes intentan demostrar la existencia de los ovnis y nos abruman con pruebas que solamente lo son para el que se dispone a entenderlas como tales. Es como si yo acomodara sobre una mesa tres pedazos diferentes de carne cruda y te dijera: "Éste, como es de carne de res y lo compré antier, es el precursor del segundo que te muestro, que compré ayer y es de pechuga de pato, que a su vez precede al tercero, de avestruz, que acabo de comprar hoy. En conclusión, la carne de res debe considerarse modelo y antecedente de las carnes de pato y avestruz". Pues bien: el primer trozo de carne sólo es el primero desde mi punto de vista, porque se ha dado el caso de que yo adquirí la carne de res antes que las otras dos; y éstas únicamente responden al presunto modelo de la primera carne porque las compré después, en un orden arbitrario, creyendo además en la palabra del carnicero, sin haberme tomado la molestia de ver cada ejemplo en su contexto, comprendiendo su propia necesidad y entendiéndolo en sus límites específicos, que son intransferibles e irrepetibles. Así las cosas, la estafa y el error imperan en muchos discursos aparentemente respetados y de sorprendente circulación en la red, y a mí me parece que no hay delito alguno en apartarse un momento y ver las cosas desde la periferia, formulando las preguntas y objeciones que vengan al caso. Después de todo, leer y escribir poesía no es otra cosa.

CABRERA ¿Crees necesario alentar una polémica seria en torno a la poesía? Específicamente, ¿sobre qué puntos?

DE AGUINAGA Tal vez no una polémica, porque no siempre hay diferencias concretas que dirimir, pero sí una suerte de conversación permanente, dotada no de un reglamente deportivo sino de una etiqueta, incluso de un código deontológico. Una conversación, quiero decir, en la que nadie tenga la obligación de participar, o no todo el tiempo; en la que se hable de cuestiones prácticas y valiosas, cuestiones de historia de la poesía y de crítica general, sí, pero también de prosodia, de dicción e imaginación poética. Una conversación en la que referirse in extremis a los gustos privados, a los pecados capitales o veniales y, en general, a los bajos impulsos de Fulano y Mengano esté ya no digamos prohibido, sino sencillamente abolido por la sensibilidad, ya que los argumentos contra el hombre siempre salen a relucir cuando al hombre de marras hay que descalificarlo a como dé lugar. Y, sobre todo, una conversación sin jerarquías ni moderadores. En lo personal, me impresiona y me abochorna recordar cómo, a los diecisiete o dieciocho años, yo creía tener una posición clarísima con respecto a Octavio Paz y Efraín Huerta, respecto de los Contemporáneos y del estridentismo, respecto de Vuelta y Nexos, pero eludía grandes bultos de métrica y acentuación, de verso y prosa, de cómo hacer crítica literaria y cómo no hacerla. Hoy, a los treinta y tantos, me veo recogiendo muchos de los tópicos y asuntos que desdeñé hace veinte años, juzgándolos entonces (equivocadamente) de poca importancia.


(Ya se puede leer en la página virtual del Periódico de Poesía la segunda parte de la entrevista que Víctor Cabrera me hizo el pasado mes de noviembre, charla de la que aquí se ofrece un fragmento. Hay que seguir esta dirección.)

2 de junio de 2009

La dignidad de la poesía

c. c. p. Baudelio Lara

Coronado de sí, blancas colinas, muslos
blancos, el poeta es un hombre
como todos: lleno
de flores amarillas.

Su destino ulterior no está
en la historia. Está
mudo el teclado de su clave sonoro.
Sus propios impasibles tegumentos.

(Ya conocéis mi torpe
aliño indumentario: nací
en Guadalajara, escribo
hablando.)

¡Cómo era, Dios mío! Compañero del alma,
¡cómo era! Tenía cabellos
color de bandera
a las cinco de la tarde.

Laatst houdbare datum: à consommer
de préférence avant le.
Mindestens haltbar bis Ende:
consúmase de preferencia antes del.



(La semana pasada este blog cumplió cinco años al aire. Atareado como estaba con el asunto Sicilia-Escalante, no me percaté del cumpleaños de mi criatura... Mea culpa. Hoy reparo el olvido publicando este poema de mi libro Por una vez contra el otoño, con el que gané cierto premio nacional cuyo nombre no mencionaré por simple instinto de conservación: como el poema, insisto, figura en dicho libro, y puesto que se trata de un poema-collage compuesto de retazos famosos de poesía moderna en castellano, prefiero no exponerme a que algún crítico no menos nacional me señale y, en última instancia, exija que renuncie al premio, al dinero y a la inmensa fama que ambos me han supuesto.)

29 de mayo de 2009

Otra semana de bondad


La discusión a propósito de Tríptico del desierto, libro con el que Javier Sicilia ganó este año el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, y particularmente acerca del artículo escrito por Evodio Escalante y publicado en Milenio hace un par de semanas, ha continuado por vías más o menos predecibles. Esta vez me limitaré a dar cuenta de algunas de las intervenciones -doy por hecho que no las conozco todas, en la medida que se trata de un asunto que se ha dispersado por la red- absteniéndome de juzgarlas.

El viernes 22 de mayo, en alusión a mi crónica del mismo día, titulada "Una semana de bondad", Mariano Flores Castro mandó un e-mail colectivo en estos términos:

Agencias. La Comisaría de Guadalajara reporta que aviesos personajes están haciendo circular un texto crítico de Evodio Escalante, un hecho a todas luces reprobable y punible, no sólo porque ejercen su libertad de comunicar lo que se les pegue la gana, sino por difundir dudas e incitar a la gente a pensar, ¡oh! El dedo flamígero del comisario apunta al desmantelamiento de una red de malvados poetas que quieren ver hundido en el descrédito al ganador del más reciente premio Aguascalientes (hidrocálida versión del Nobel de literatura). Fuentes generalmente bien informadas afirman que el comisario sospecha de todo y de todos, incluyendo a los amigos del laureado poeta, y que ha armado este miniescándalo sólo para llevar lectores a su blog. Vaya usté a saber.


El sábado 23 de mayo apareció en Laberinto la respuesta de Javier Sicilia (respuesta no a Mariano Flores Castro, desde luego, sino a Evodio Escalante).

Al día siguiente, domingo 24 de mayo, Julián Herbert envió por correo electrónico una serie de observaciones a un grupo considerable de destinatarios:

Aprecio mucho a Evodio Escalante (aunque hace años no nos vemos) y no conozco a Javier Sicilia. Los apuntes que vierto carecen de todo viso personal.

1.- Eliot puso notas a sus poemas, sí. Pero la mayoría de sus plagios no están en esas notas, y tampoco aparecen entrecomillados. No da cuenta, por ejemplo, de versos de Dante que incluye íntegros y traducidos al inglés en “Cuatro cuartetos”.

2.- Se ha citado el ejemplo de Eliot pero, curiosamente, no he visto que alguien recurra al ejemplo de Pound ("No le copien al copión maravilloso”, dijo Gonzalo Rojas). Las apropiaciones de Pound no indican su origen, ni llevan comillas ni notas ni itálicas ni nada. Algunas fueron vertidas en su lengua original, pero otras en The Cantos se traducen al inglés y son puestas como versos originales sin que hasta ahora medie reproche alguno por parte de la crítica. Se trata de un procedimiento poético normal y nada reciente, como puede notarse en algunos otros ejemplos que doy.

3.- Un muy famoso carmen de Catulo (el LI) es apropiación de un poema de Safo; la única adaptación significativa practicada sobre el texto por el veronés fue la inclusión de su nombre de pila.

4.- La fórmula “parcite dum propero, mergite dum redeo”, de Marcial, es presentada como texto original por Garcilaso de la Vega de la siguiente manera: “dejadme allá llegar, y a la tornada, / vuestro furor ejecutad en mi vida”. Lo mismo ocurre con el famoso inicio de soneto “Oh, dulces prendas, por mi mal halladas”: proviene de la escena de la Eneida en que Dido encuentra la espada de Eneas. Garcilaso presenta la traducción textual de esta frase como un texto original, y hasta ahora nadie lo ha enjuiciado por ello.

5.- Fragmentos de John Keats aparecen en el cuerpo de los poemas de “The Beauty of the husband”, espléndido libro de Anne Carson. Hay traducciones de versos latinos incorporadas a “Albur de amor” de Bonifaz Nuño. Fragmentos de la Eneida fueron transcritos como parte de La procesión, libro de José Javier Villarreal. Manuel Gutiérrez Nájera incorpora versos completos de Alfred de Musset y de Agustín F. Cuenca a “La duquesa Job”, un poema fundacional de la tradición moderna mexicana (esto puede verse a detalle en las notas de la buenísima Antología del modernismo realizada por Pacheco).

6.- Podría seguir dando ejemplos de este procedimiento no solo en poesía, sino en novela (por ejemplo: el título y la base argumental de la Lolita de Nabokov provienen de la Lolita de Heinz Von Lichberg, publicada en 1916), cine (la escena de las escaleras en Los intocables, plagio de Ensenstein que Brian de Palma no puso “entre comillas”) o música.


7.- Mi querido amigo Evodio dice: “¿Estamos en un mundo en el que todo se vale?”. Yo le respondería: sí, y los seres humanos hemos vivido en él durante al menos los últimos 2 mil años. El plagio es uno de los mayores catalizadores de eso que llamamos tradición literaria. En realidad, poner las citas entre comillas o indicando de dónde provienen es un valor más apegado a la modernidad (concretamente al pensamiento romántico) que a la tradición clásica.

8.- Hay un excelente libro, publicado por Tumbona Ediciones, que aborda este asunto con una sabiduría y un humor impagables: Jonathan Lethem contra la originalidad (un breve ensayo que es en realidad un ejercicio de sampleo: el autor plagia unos cien fragmentos escritos contra la originalidad por autores de lengua inglesa y, con ellos, compone un ensayo originalísimo).

Abrazos,

J.


A bote pronto, ese mismo domingo, respondió Evodio Escalante:

Querido Julián:

Me da mucho gusto tener noticias frescas de ti. Leo tu paciente envío y me encanta tu conocimiento de la historia literaria. En mi artículo sobre Sicilia hablé de técnicas de apropiación y no propiamente de plagio... aunque casi todo mundo, empezando por el propio Sicilia, han entendido literalmente plagio. Sea como sea, no incurramos en posiciones cínicas. No, no todo se vale en todo momento. En caso extremo, aceptaría tu propuesta de que el plagio es una técnica milenaria y que no hay que ponerse levantiscos por ello. Sí, pero siempre que se trate del plagio superior, aquel que realiza un autor con verdadero talento, de modo tal que el plagio queda así superado y hasta enriquecido. Me temo que no es el caso de Sicilia, a quien se le ven los tijeretazos y las chorreadas de resistol. Con cinco o seis libros de poemas publicados, Sicilia no ha salido de párvulos, se nota a leguas lo escolar de sus trabajos de imitación.

En fin, es sólo un rápido comentario. Saludos!!


El primero en reaccionar a lo anterior fue Pedro Serrano:

Queridos todos,

no he subido toda esta discusión al Periódico de Poesía porque José María Espinasa me dijo, y siempre me dejo convencer por él, que dejemos a un lado los premios (ya me revolcaron a mí, mea culpa fuera del tarro). Sin embargo creo que se está poniendo interesante, y está siendo a cuatro bandas, casi snooker, que es un arte exacto, que diría Pancho Segovia.

Van mis comentarios.

Por supuesto que se vale el plagio. Por supuesto que todo se vale, sabiéndolo acomodar. No vamos a empezar a poner, a estas alturas, cotos a lo que se puede y no en poesía. Como todas las citas van con Eliot, pongámos una más: "hay poemas buenos, poemas malos y caos". Evodio ahora toca ese punto. Para él los poemas de Javier son y han sido siempre malos. Para el jurado el libro fue bueno. A mí me parece bien su apuesta. Y por ahí podríamos empezar una discusión válida. No sobre el premio, sino sobre el libro.

Si los poemas de Javier Sicila, independientemente de plagio o no, son buenos. Si cumplen cabalmente con su proyecto. Si su incursión en la mística es equivalente, digamos, en su actualidad, al Quijote de Cervantes o al de Pierre Remedo. Si es una escritura que se alumbra a sí misma o que sólo implora desde lejos. Si es mística actual y si hay mística actualmente, si puede haberla. Si su uso del canon es pertinente y es efectivo. Si los poemas son buenos, en suma, y cómo lo son, y qué buscan, y qué logran.


Yo fui jurado del Aguascalientes cuando ganó Dana Gelinas. Había una poeta de Ciudad Juárez que a mí me impresionó mucho, pero tenía algunos detalles que había que corregir. Dana presentó el libro más redondo y mejor armado en esa entrega. En eso coincidimos tanto Hugo Gutiérrez Vega como Ernesto Lumbreras y yo. Me sigue pareciendo un libro sorpresivo, irónico e incómodo en la tradición mexicana. Y eso me gusta. ¿Logra esto Javier desde su propia vertiente? ¿Lo logra como poema?

Al final de su respuesta Evodio se lanza contra la poesía de Javier Sicilia, que no le gusta. Por ahí debió haber empezado, y discurrido. Me gustaría ver esto argumentado.

Abrazos,

Pedro.


Baudelio Lara le respondió a Evodio Escalante directamente:

Estimado Evodio:

Me incluyo en ese "casi todo el mundo" que ha entendido literalmente que te referías a un plagio, en principio porque tú mismo lo identificas con apropiación. Dice textualmente tu artículo, a modo de cierre concluyente: "¿Quiere acaso esto decir que una vez que se inventó la intertextualidad ha dejado de haber plagios?"

Por otra parte, aun si la palabra plagio no hubiera saltado inapropiadamente para esclarecer el sentido esencial de tu artículo, creo que fue evidente para casi todo el mundo -para mí lo fue- tu posición crítica con respecto tanto a la apropiación como al plagio, actitud, por otra parte, respetable.

El saldo positivo de este intercambio epistolar es que ayuda a precisar la tesis que defiendes. Bastaría, en todo caso, que hubieras dicho en tu colaboración lo que sin ambages afirmas en la carta: que Sicilia es un imitador (y, como tesis secundaria, que se requiere un mínimo de n libros para pasar de párvulos a autor de verdadero talento).


Con respecto al tema del "todo vale" posmoderno, mi posición es menos urgente. Mal haría un artista que se precie de serlo si se impusiera restricciones, excepto aquéllas, éticas o estéticas, que convienen o se derivan de su tarea, proyecto o misión (como sea que entienda su trabajo), aquéllas que, sobrepasándolas o sublimándolas (en el sentido freudiano) configuran la "originalidad" (en el sentido de identidad y consistencia) de su obra. En este contexto, ubicar la discusión en los términos generales del mecanismo de apropiación contribuye al análisis, pero no es suficiente. Para hacer efectivo el principio de que no todo se vale en todo momento, habría que precisar, naturalmente, qué se vale y qué no se vale y cuáles son sus momentos. Esta operación, por supuesto, implica contrastar al menos dos posiciones éticas y estéticas: la del autor y, explícita o implícitamente, la del crítico.

Saludos,

Baudelio Lara.


Tomó de nuevo la palabra Evodio Escalante, ahora para dirigirse a Mariano Flores Castro:

Estimado Mariano:

Celebro tu comunicado y tu sentido del humor que entiendo como una muestra de solidaridad con mis posiciones críticas en torno al libro de Sicilia. Al menos, has considerado que toco un asunto que vale la pena debatir ENTRE TODOS. Creo que la raza exquisita de los poetas ha caído en pánico total, ve nomás la "respuesta" de Sicilia el pasado sábado en el Milenio. Y el lamentable silencio de los que lo premiaron.

Estimo que sería efectivo, para aclarar de una vez las cosas, que se envíe una carta a la burocracia cultural responsable con la atenta solicitud de que publiquen el acta redactada por el Jurado. Daría mucha luz, y acaso hasta encontremos ahí, si no la piedra filosofal, al menos algunas perlas dignas de disfrutarse, perlas de las que no hablaba Jesús, por cierto, sino nuestro más cercano Nikito Nipongo. Estoy seguro de que todos caeremos de rodillas iluminados y extasiados ante los argumentos esgrimidos por el H. Jurado Calificador.

Si te animas a redactar esta carta, cuenta con que yo seré uno de los primeros "abajofirmantes". Digo, también los premios salen de nuestros impuesto. ¿No es así? Todo esto, por supuesto, apoyándonos en la transparencia institucional que predican a voz en cuello nuestras autoridades.

Recibe mientras tanto mis más cordiales saludos!


El martes 26 de mayo, Julián Herbert volvió a dirigirse a Escalante:

Evodio querido (y demás compañeros de charla):

A mí también me da gusto retomar el contacto. Vaya un abrazo antes que nada y ojalá nos pongamos al día, pronto, en el plano personal.


Evodio, no estoy del todo de acuerdo con tu opinión (en parte sí: los recursos de apropiación en Tríptico del desierto me parecen pertinentes para el contexto de la obra; me resultan por otro lado solemnes, faltos de ironía -no hablo de humor, sino de distancia histórica-; lo que, salvo una mejor argumentación, significa simplemente que el libro tiene a mi juicio muy buena hechura, me parece bueno y, a la vez, está muy alejado de mis gustos literarios). Por supuesto me parece respetabilísimo lo que tienes que decir, y además te agradezco haberlo hecho públicamente: la crítica nos viene siempre bien a todos. Sin embargo creo que, al menos en parte, la sobreinterpretación que se ha hecho de tu texto (en relación a los términos apropiación/plagio) proviene del texto mismo. No por el uso de determinadas palabras: por el método. Tú señalas como eje de tu crítica el uso de la apropiación textual (o plagio, plagio enriquecido, intertextualidad, la mar en coche: te confieso que a estas alturas la zona que divide a estas palabras me parece muy resbaladiza, por eso yo no te reproché en ningún momento el haber escrito "plagio") en el libro de Sicilia. Más adelante (en tu último mensaje) señalas que la carencia del libro no es la apropiación per se, sino el "torpe" uso que Sicilia hace del recurso. Pero es precisamente esta última valoración la que, me parece, está ausente (o poco presente) en tu artículo. Citas pasajes que demuestran cómo Sicilia se apropia de la obra de otros autores; lo que echo en falta es un ejercicio de crítica comparatista respecto de cómo el autor empobrece o "pega con Resistol" dichos pasajes. Por ejemplo: ¿dónde Sicilia parte del texto original y con qué fortuna lo ha traducido; dónde parte de traducciones previas?... Pienso en Rilke y sobre todo en Celan, dos autores cuya interpretación en lengua española es harto compleja. ¿Hasta qué punto el autor modifica la referencialidad del pasaje incorporado, o su cadencia, etcétera?... Creo que ese método sería el idóneo para ilustrar las fallas que afirmas haber encontrado; citar exclusivamente los pasajes originales y su versión en Tríptico... aclara el procedimiento como un hecho cuantitativo, no cualitativo.

Ojalá estés de acuerdo conmigo en que tu tesis podría resumirse así: "Javier Sicilia emplea la apropiación de la obra de otros poetas como un recurso literario; este recurso es practicado con torpeza por el autor". Sin embargo, me parece, en el cuerpo de tu artículo el énfasis se haya en la primera cláusula, no en la segunda.

Por otra parte, me resultan desmesuradas (en uno y otro sentido) algunas reacciones que ha despertado tu artículo. Considero innecesarios (hablo como lector, yo no soy juez de nadie) unos cuantos enunciados viscerales en la respuesta de Javier Sicilia. Por otra parte, lo comprendo: los mortales no estamos capacitados para recibir una retahíla de insultos y quedarnos tan tranquilos. Y no me refiero a lo dicho por ti, Evodio, sino a la cantidad de mierda tipográficamente pura que se ha lanzado contra la obra y la persona de Javier Sicilia en medios como la benemérita entidad Círculo de Poesía, donde siempre es más fácil publicar un insulto que un argumento. La carta que Sicilia te dirige tiene una inevitable carga personal; pero también cuenta con argumentos, y si revisas las cosas que se han dicho frente a ellos (por ejemplo esta llana estupidez: que tú tienes razón porque tienes un doctorado y Sicilia es corrupto porque es profe de prepa) creo que te pondrías sin dudarlo del lado de Javier, al menos en este punto.

Coincido con Pedro cuando señala que deberíamos concentrarnos más en la poesía y menos en los premios. En ese sentido, tu artículo me parece bien planteado salvo en un punto: la referencia a los jurados del concurso. Año con año, los jurados del Aguascalientes son la mala del cuento. No puedo estar de acuerdo, y no porque los jurados me caigan bien o mal o porque yo comparta su juicio (rara vez comparto su juicio): es porque participar en un juego nos impone, por decoro, respetar sus reglas. Aun si consideramos que otras personas no lo han hecho. Me parece bien que la crítica se ocupe año con año del nuevo premio Aguascalientes, me parece bien que el libro sea tratado con gran expectativa, incluso con dureza. Con lo que no estoy de acuerdo es con que se cuestione su legitimidad o la de los jurados. Y esto se hace año con año. Lo cual habla de la falta de hábitos democráticos no tanto entre las autoridades y/o los jueces: entre los ciudadanos/poetas.

Evodio, este mensaje parte de tu artículo y tu respuesta a mi primera carta, pero aprovecha el vuelo para comentar cosas que otros han escrito (y de las cuales por supuesto tú no eres responsable); olalá eso no te irrite ni te parezca abusivo.

Aprovecho (yo sé que este mensaje le llegará) para felictar a Javier Sicilia por el premio.

Un gran abrazo a todos,

Julián Herbert.


Ese día yo también le dirigí un mensaje a Evodio Escalante:

Evodio:

Leo tus recientes mensajes a Julián Herbert y Mariano Flores Castro y comprendo hasta qué punto es difícil llegar al menor acuerdo a propósito de tu artículo y del procedimiento literario que, refiriéndote a Tríptico del desierto, has identificado implícita y explícitamente con el plagio. Y no se trata nada más de las dificultades habituales en materia estética, que casi nunca llegan a resolverse. Más bien se trata de una dificultad esencial de tu postura, fija en su propia exaltación.

Le dices a Julián Herbert, por ejemplo, que "Sicilia no ha salido de párvulos". Me parece recordar que Javier Sicilia, sin embargo, está en tu antología de Poetas de una generación, 1950-1959. Ahora no alcanzo a entender por qué lo hayas elegido (y no importa que sea un libro de hace dos decenios). ¿Lo incluiste por equivocación? ¿Por caridad? ¿Porque, de cualquier forma, los demás poetas te parecían igualmente mediocres o pueriles? ¿O lo seleccionaste porque no pensabas entonces lo mismo que ahora, Evodio? De ser esto último, ¿quiere decir que tú también estabas en párvulos en aquellos tiempos y que por eso la poesía de Javier Sicilia te parecía de algún interés? ¿No hubiera sido mejor que, desde un principio, le presentaras a tus lectores de Milenio la evolución de tu propio gusto y, de haber sido el caso, los motivos de tu actual frialdad e incluso desdén por la obra de un poeta que antes no te inspiraba esa clase de sentimientos?

Evodio: cuando, en tu libro de poemas de 1988, Todo signo es contrario, dabas inicio a la primera sección ("Dominación de Nefertiti") con este verso:

Piramidal, funesta,


¿qué tipo de apropiación intentabas practicar? ¿Tosca o refinada? ¿Sofisticada o burda? Si con ese libro hubieras ganado un premio como el Aguascalientes, ¿habrías hallado justo que algún reseñista se limitara con testarudez a observar la procedencia de los no pocos versos ajenos que tú entonces absorbías y buscabas reelaborar en contextos ajenos a los originales? ¿Qué reacción hubiera podido esperarse de ti cuando se hablara de un libro tuyo en términos afines a los que tú empleaste para referirte al de Sicilia? Julio Hubard, sin ir más lejos, reseñó Todo signo es contrario en el número 155 de Vuelta: ¿crees tú que, por mucho que Hubard haya escrito esto: "Escalante se lanza al peligroso juego de las glosas libres, sin escatimar riesgo alguno: Sor Juana, Gorostiza, Paz, Neruda asoman en una especie de collage a lo largo de la primera sección", su crítica sea un ejemplo de obsesión, un caso más de guerra contra el plagio en el que no cabe retroceder ni un centímetro, un espectáculo de reiteración forense que no se plantea el deber de conducir a nada que no sea la confirmación de sus propios hallazgos?

Por más que advertir apropiaciones, paráfrasis, deudas, imitaciones y demás covers en la obra de cualquier poeta sea pasaje obligado para la crítica literaria, señalar todos esos procedimientos no garantiza desenlace alguno en términos de interpretación. Eso, desde mi punto de vista, lo comprendió sin mayor problema Julio Hubard al reseñar tu libro hace veinte años. Eso -buscarle un desarrollo, un desenlace a tus observaciones de lector e investigador- es, Evodio, lo que no has hecho tú con Tríptico del desierto, acaso porque menosprecias a su autor y consideras inútil comprender su trabajo.


El argumento del plagio, hasta donde se ha podido ver con este mismo asunto, le suena convincente a lectores inexpertos o fanatizados y a columnistas ansiosos de justicia sumaria. Pero tú sabes que hay buenos lectores de poesía, lectores constantes y genuinamente familiarizados con las tradiciones antiguas y modernas, y que tales lectores no son abogados de segunda fila. Y sabes también que hacer crítica de poesía no es improvisar tribunales ni comandar pelotones de fusilamiento. Por eso me desconcierta que le propongas a Mariano Flores Castro dirigirle una carta nada menos que a "nuestras autoridades" para exigirles no una explicación institucional ni mucho menos una reparación, sino algo más humilde: una copia del acta del jurado. ¿Cuánta fe le tienes entonces a este asunto del plagio, Evodio, que al pensar en dirigirte a la burocracia cultural no te resuelves a ponerla en jaque y te limitas a pedir copia de un papel que, por añadidiura, ya es público? ¿Quieres, en tu inconformidad, querellarte contra Javier Sicilia, contra el jurado que lo premió, contra los funcionarios que formaron ese jurado, contra la editorial que publicó el poemario, contra los lectores que no estén de acuerdo contigo, contra los reseñistas que no refrenden tu parecer o contra un sistema fiscal que, haciéndote pagar impuestos humillantes, los reparte luego entre poetas que no son de tu agrado?

En realidad, Evodio, lo que juzgo menos admisible de tus "posiciones críticas" (eres tú mismo quien se refiere así a ellas) es la resignación con la que aceptas leer a un autor que tachas de infantil y el consiguiente mal humor con el que alegas un punto que ya te parece inapelable desde un principio. Ahora entiendo mejor el aforismo de Auden: "Reseñar libros malos no sólo es una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter". ¿No es fundamentalmente amargo leer un libro que se presiente malo, aún más triste leerlo hasta el final y después comentarlo en público sin otra finalidad que aclarar cuán malo se le sigue considerando?

Si por no aplaudir que surjan verdugos voluntarios como Roberta Garza, no celebrar la violenta bajeza del Círculo de Poesía ni dedicar mi tiempo a estudiar libros que juzgo de antemano desdeñables, Evodio, si por todo esto merezco ser incorporado a "la raza exquisita de los poetas", créeme que acepto con gran orgullo esa filiación.

Recibe, sea como sea, un apretón de manos de

Luis Vicente.


El miércoles 27 de mayo intervino Jorge Mendoza Romero en representación del Círculo de Poesía. Escalante le respondió y Mendoza Romero volvió a escribirle. Su "intercambio epistolar", que ya no es propiamente una discusión acerca del "plagio" ni del Tríptico del desierto, o lo es nada más de forma incidental, puede leerse aquí.


Posdata del 8 de junio. Posteriormente han ido apareciendo nuevos artículos, como la contrarréplica de Evodio Escalante, una segunda carta de Javier Sicilia y una columna de Heriberto Yépez.